La niñera que salvó lo que el dinero no pudo comprar.

—¡Leo! —gritó, corriendo hacia el vestíbulo.

Entonces lo vio en la cámara del jardín trasero. Bajo una lluvia torrencial que azotaba los cristales, Clara estaba de rodillas en el barro. Tenía a Leo en brazos. El niño se convulsionaba. Un ataque de asma severo.

Clara gritaba pidiendo ayuda, pero el trueno ahogaba su voz. Se quitó su propia chaqueta para envolver al niño, protegiéndolo del frío con su cuerpo. Con una mano sostenía el inhalador contra los labios de Leo y con la otra golpeaba desesperadamente las puertas de cristal.

—¡Respira, mi vida! ¡Por favor, respira! —sollozaba ella, empapada, golpeando hasta que sus nudillos sangraron.

Adrien no pensó. Corrió. Voló por los pasillos, abrió las puertas de par en par y salió a la tormenta.

Cuando alcanzó a Leo, Clara se desplomó a su lado sobre la hierba mojada. Estaba temblando violentamente, pidiendo perdón una y otra vez, como si el fallo pulmonar del niño fuera culpa suya.

Horas más tarde, en el hospital, el médico miró a Adrien a los ojos.

—Si ella no hubiera actuado con esa rapidez, si no lo hubiera protegido del frío y mantenido sus vías abiertas en medio del pánico… su hijo no estaría aquí, señor Blackwood.

Adrien caminó hacia la sala de espera. Clara estaba sentada en un rincón, encogida, mirando sus manos sucias de barro y sangre. Parecía esperar el despido. O algo peor.

Adrien se sentó a su lado. El hombre más poderoso de la ciudad bajó la cabeza por primera vez en años.

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