Un mes después, su empresa tuvo problemas legales. Los acuerdos que habían preparado dependían de una firma que nunca llegó. Yo…
No hice nada para provocarlo. Simplemente me hice a un lado.
A veces, eso basta.
Meses después, recibí una carta. De su madre. No era una disculpa. Era simplemente la confirmación de que había tomado la decisión correcta al irme.
Sonreí.
Hoy vivo sola. Viajo. Trabajo. Amo sin promesas forzadas.
Aprendí que no todas las traiciones gritan. Algunas susurran tras una puerta.
Y que escuchar a tiempo puede salvarte la vida.
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