La ceremonia acababa de terminar, y toda la familia de ambos lados nos colmó de bendiciones. Yo —Alejandro— todavía me sentía embriagado por el tequila y la felicidad de mi boda. La mujer con la que acababa de casarme, Marisol, era una joven dulce y modesta; todos decían que yo tenía suerte de haberla encontrado.

La noche de bodas debía ser el instante más sagrado y dulce de nuestras vidas. Sin embargo, Marisol se comportaba de manera extraña. Desde que entramos en la habitación, se sentó en silencio al borde de la cama, con las manos entrelazadas y temblorosas. Pensé que quizá era por timidez, así que intenté bromear suavemente para tranquilizarla. Pero cuanto más me acercaba, más me evitaba, negándose rotundamente a dejarme aproximar.
El tiempo pasó y mi paciencia comenzó a agotarse. Una sensación de incomodidad, incluso de enojo, me invadía. Una pregunta inquietante resonaba en mi mente:
“¿Acaso Marisol me está ocultando algo?”
La noche avanzaba y en la habitación solo quedaba la tenue luz amarillenta de la lámpara. Ella seguía acurrucada bajo las mantas, temblando. Me acerqué, puse mi mano sobre su hombro y le pregunté con suavidad:
— ¿Qué te pasa? Ya somos esposos, ¿acaso no confías en mí?
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