Era amigo de su padre y se ganaba la confianza como el clic de una cerradura: poco a poco. Ofrecía transporte, concertaba citas cuando los problemas cardíacos de su padre empezaban a empeorar y, de alguna manera, siempre llegaba puntual.
Su padre dependía cada vez más de él.
Y sin darse cuenta, Natalie se dejó llevar por la corriente.
Ahora la advertencia lo reconfiguraba todo.
Y lo peor no era el miedo.
Era el silencioso y desagradable reconocimiento de que, en algún lugar de su cuerpo, ya había estado acumulando pequeñas razones para preocuparse.
Escena 4: De vuelta al salón de baile
Natalie salió del baño y regresó como si solo hubiera ido a retocarse el maquillaje.
Mantuvo la cara serena, aunque sus manos querían temblar.
Las luces del salón de baile iluminaban la habitación de una manera que parecía casi irreal.
Todo parecía festivo.
Demasiado festivo.
En la mesa principal, Grant estaba sentado como si el evento le perteneciera.
Le sonreía a alguien, relajado, consolando a la multitud. Dos copas envueltas en cintas esperaban frente a ellos para el brindis principal, reflejando la luz como pequeñas promesas.
Natalie se deslizó en su asiento.
Grant se inclinó y puso la mano sobre su rodilla debajo de la mesa; firme, reclamando, no gentilmente.
Se le encogió el estómago.
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