La nuera durmió hasta las diez de la mañana en casa de sus suegros. La suegra levantó un palo para golpearla, pero se quedó atónita al verla en la cama…

—¡Ahora van a ver quién manda en esta casa! —masculló, subiendo los escalones de dos en dos, jadeando, con el corazón martilleándole en las sienes. Iba dispuesta a sacarlos de la cama a palazos si era necesario. Una lección que esa muchachita no olvidaría jamás.

Irrumpió en la habitación sin tocar. El aire estaba viciado, caliente.

—¡Pero qué vergüenza es est…! —El grito se le murió en la garganta.

Sus ojos se desorbitaron. El palo de escoba se le resbaló de las manos sudorosas y golpeó el suelo con un estruendo seco. Doña Elena se llevó las manos a la boca, ahogando un grito de puro terror.

La cama matrimonial era una escena salida del mismo infierno. No había solo desorden. Las sábanas blancas de hilo egipcio, su regalo de bodas más preciado, estaban cubiertas de manchas oscuras, rojas y extensas, que parecían sangre coagulada. Y por todas partes, como nieve en un campo de batalla, había plumas blancas esparcidas, pegadas a las manchas húmedas. ¡Parecía que hubieran degollado a alguien!

Doña Elena retrocedió un paso, mareada. El corazón le golpeaba tan fuerte que pensó que iba a caer fulminada allí mismo, sobre el piso de madera.

—Dios mío… —susurró—. ¡Mateo…!

Con manos temblorosas avanzó hacia la cama. No veía cuerpos mutilados, pero tampoco distinguía claramente a los recién casados. Las plumas lo cubrían todo. Entonces, un leve movimiento bajo las sábanas la hizo gritar.

—¡Jesús bendito!

De pronto, Sofía se incorporó lentamente, despeinada, con los ojos hinchados de sueño… y completamente manchada de rojo hasta los codos.

—¡Suegra! —dijo, sorprendida—. ¿Qué hace aquí?

Doña Elena lanzó un alarido y estuvo a punto de desmayarse.

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