La nuera durmió hasta las diez de la mañana en casa de sus suegros. La suegra levantó un palo para golpearla, pero se quedó atónita al verla en la cama…

—¿QUÉ… QUÉ HAN HECHO? —balbuceó, señalando la cama—. ¡Esto parece una matanza!

Mateo también se levantó, rascándose la cabeza.

—Mamá, tranquila —dijo con voz adormilada—. No es lo que piensas.

—¿¡ENTONCES QUÉ ES!? —rugió ella, al borde de la histeria.

Sofía se miró las manos, suspiró y, con una calma que desconcertó aún más a la matriarca, respondió:

—Anoche… mientras todos dormían, escuché ruidos en el patio. Bajé y encontré a sus gallinas. Estaban infestadas de garrapatas y una tenía una infección horrible. Si no hacía algo, se morían todas.

—¿Mis gallinas…? —murmuró Doña Elena, confundida.

—Sí, señora. Yo crecí en el campo. Mi abuela me enseñó —continuó Sofía—. Sacrificamos dos para que no contagiaran a las demás. Las desplumamos aquí porque afuera estaba oscuro y llovía. La sangre es de las gallinas. Las plumas también.

Hubo un silencio pesado.

—¿…Dos gallinas? —repitió Doña Elena, incrédula.

Mateo asintió.

—Y no queríamos despertarla, mamá. Usted siempre dice que las gallinas son sagradas.

Doña Elena volvió a mirar la cama, las sábanas arruinadas, las plumas… y de pronto rompió a reír. Una risa fuerte, casi loca, que resonó por toda la habitación.

—¿Saben cuánto cuestan esas sábanas? —preguntó entre carcajadas.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.