Nunca antes se había fijado en la pequeña costura del suelo de madera. Estaba perfectamente oculta bajo la pesada y ornamentada alfombra que Sarah había insistido en que se quedara en la habitación del bebé.
Con un cuchillo de cocina, Lucy levantó las tablas con una energía frenética y desesperada. La madera crujió y se astilló, revelando una estrecha y oscura cavidad oculta en lo profundo de los cimientos de la casa.
Dentro, encontró un diario viejo encuadernado en cuero y un pequeño relicario oxidado. El relicario contenía la foto de una mujer idéntica a Sarah, pero con una mirada mucho más triste.
Abrió el diario. La letra era frenética, igual que los moretones. Pertenecía a la mujer que vivía en esta casa antes de que Sarah y Mark se mudaran.
Las entradas describían una "recipiente" y una "transferencia de consciencia". La mujer afirmó que la pareja practicaba un antiguo ritual prohibido para alcanzar la vida eterna al entrar en cuerpos más jóvenes.
Lucy se dio cuenta, con un sobresalto de puro horror, de que Sarah no era la esposa de Mark. Era su madre, y Mark era en realidad su propio abuelo, escondido en la piel de un hombre más joven.
Los moretones no eran producto de una pelea. Eran un efecto secundario del ritual de unión de almas. El bebé real, Matthew, estaba siendo empujado para dejar espacio a un nuevo ocupante.
Matthew extendió la mano y agarró la de Lucy con una fuerza que ningún bebé debería poseer. Abrió la boca y, en lugar de un llanto, una voz ronca y adulta susurró un nombre.
—Corre —chilló la voz, apenas audible por encima del zumbido del aire acondicionado. Lucy no esperó. Agarró al bebé, el diario y las llaves, y corrió hacia la puerta principal.

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