La piel del bebé era un tablón de mensajes: La escalofriante verdad detrás de los moretones matutinos de Matthew... -kimthuy

Al llegar a la entrada, vio el coche negro de Mark entrando temprano. Su rostro estaba desprovisto de emoción; sus ojos reflejaban la misma frialdad ancestral que los del bebé.

Lucy conducía como una loca, ignorando los semáforos en rojo y sus propios nervios. No fue a la policía; fue a la dirección que aparecía en el diario.

Encontró a un anciano que llevaba años buscando a su hija desaparecida. Echó un vistazo al diario y a la bebé, y rompió a llorar a gritos.

El ritual se detuvo, pero las marcas en los brazos de Matthew nunca desaparecieron del todo. Permanecieron como tenues cicatrices blancas, un mapa permanente de la oscuridad de la que apenas había escapado.

Lucy nunca volvió a mirar a un bebé de la misma manera. Sabía que, a veces, los rostros más inocentes esconden los terrores más antiguos, y la piel recuerda lo que la mente olvida.

La casa en la colina finalmente fue arrasada, dejando solo cenizas. Pero en las tranquilas horas de la mañana, los lugareños dicen que aún se puede oír un leve susurro.

Es el sonido de un niño que casi fue borrado, recordando al mundo que algunos secretos son demasiado pesados ​​para que la madera y la piedra los contengan. La verdad siempre encuentra la luz.

Años después, Matthew se paró frente al espejo, ahora un joven de dieciocho años. Las tenues cicatrices blancas en sus brazos seguían allí, brillando como fantasmas cada vez que la fría luz de la mañana las iluminaba.

No recordaba el ritual, pero sí la sensación de ser un pasajero en su propio cuerpo. Recordaba la frialdad de Mark y Sarah, que se habían desvanecido en la noche.

La policía encontró la mansión vacía. Los artífices de aquella vida grandiosa y vacía habían desaparecido, dejando solo la tierra arrasada de su oscura ambición y un rastro de identidades falsas.

Lucy se había quedado a su lado. Ya no era solo su niñera; era su guardiana, su protectora y la única persona que realmente conocía el peso de sus cicatrices ocultas.

La mente de Matthew era un repertorio de cosas que no había aprendido. Conocía lenguas antiguas que jamás había estudiado. Podía resolver complejas ecuaciones arquitectónicas que desconcertaban a sus profesores en la prestigiosa universidad.

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