Era un don, pero se sentía como una maldición. Cada conocimiento avanzado le recordaba al alma ancestral que había intentado robarle el futuro antes de que siquiera comenzara.
Una noche, recibió una carta anónima. No contenía remitente, solo una flor seca y una fotografía de la mansión reconstruida en la colina donde todo empezó.

El corazón le dio un vuelco. La letra era elegante, precisa y le resultaba inquietantemente familiar. Era la misma que había visto en el diario que Lucy guardaba en su caja fuerte.
—Siguen ahí fuera, ¿verdad? —le preguntó a Lucy esa noche. Ella no levantó la vista del té, pero le temblaban ligeramente las manos, señal reveladora de su miedo persistente y profundo.
—Algunas sombras nunca se desvanecen del todo, Matthew —respondió ella con suavidad—. Pero ya no eres un recipiente. Eres un alma que luchó y venció. Ahora eres tu propio dueño.
Matthew decidió que no pasaría su vida escondiéndose de la oscuridad. Usó su intelecto excepcional para estudiar la historia de lo oculto, buscando maneras de proteger a otros como él.
Fundó una organización pequeña y discreta. No cazaban monstruos; buscaban niños con patrones inusuales, bebés que miraban fijamente con demasiada intensidad y familias que se comportaban como actores experimentados y vacíos.
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