—A veces lo bueno llega tarde —dijo—, pero llega.
Semanas después, el muelle de Ensenada volvió a amanecer con neblina. Pero esta vez había algo distinto: un viejo caminando despacio, con una correa sencilla y un perro a su lado, atento pero en paz.
Don Ernesto se sentó en la misma banca. El Pastor Alemán se acomodó junto a él, sin arnés táctico, sin órdenes, sin sirenas.
—Mira —susurró Don Ernesto, señalando el horizonte—. El sol, Sombra. Siempre vuelve.
El perro cerró los ojos un segundo, respiró hondo y apoyó, otra vez, su pata sobre la rodilla del hombre.
Como diciendo: “yo también”.
Y en ese silencio tibio, entre el mar y la luz, el pasado dejó de ser una herida abierta para convertirse, por fin, en un recuerdo que ya no dolía.
Porque el soldado había vuelto a casa.
Y su sombra también.
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