La policía ordenó a un perro policía que atacara a un veterano anciano, ¡pero la reacción del perro lo cambió todo!

—¡Al fondo, al fondo! ¡Lo tengo a la vista! —gritó alguien.

Don Ernesto levantó la cabeza, confundido. Vio sombras acercarse: policías municipales, dos unidades de patrulla en la entrada y, al frente, una mujer de traje gris con el cabello recogido y una expresión que no parecía tener espacio para dudas.

La Comandanta Valeria Robles, jefa de la unidad K9, se detuvo a pocos metros. Sus ojos se clavaron en el perro como si lo conociera mejor que nadie.

—Ahí está… —dijo, apenas audible, más para sí misma que para el resto.

Los agentes se abrieron en semicírculo, manos cerca de las fundas. Uno de ellos, Mateo Ríos, caminó un paso adelante con cautela.

—Señor, por favor… aléjese del perro. Ahora.

Don Ernesto no se movió. No por desafío, sino por incredulidad. ¿Por qué lo encañonaban? ¿Por qué le gritaban como si estuviera haciendo algo malo?

El Pastor Alemán levantó las orejas. No gruñó. No intentó huir. Sólo se pegó más a la pierna del viejo, como si el mundo se hubiera vuelto peligroso otra vez y él supiera exactamente dónde colocar su cuerpo.

Valeria apretó la mandíbula.

—Ese perro está en servicio activo —dijo con voz firme—. Se llama Delta. Desapareció hace una hora del entrenamiento. Es un K9 de intervención. Si está aquí con usted, señor, tenemos que asumir que algo pasó.

—Yo… yo no le hice nada —balbuceó Don Ernesto—. Yo sólo vine a ver el amanecer. Él llegó corriendo… directo a mí. Como si…

No terminó la frase. Porque el perro, en ese instante, le apoyó el hocico en el muslo. Un gesto pequeño, pero tan íntimo que le apretó el pecho.

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