La policía ordenó a un perro policía que atacara a un veterano anciano, ¡pero la reacción del perro lo cambió todo!

Valeria alzó la mano hacia sus elementos.

—¡Preparados! —ordenó—. Si el perro reacciona, nadie se acerca.

El aire se tensó. Se escuchó el clic de un seguro. Un radio chisporroteó.

—Comandanta —murmuró Mateo—, el perro no está agresivo. Está… calmado.

—Precisamente por eso —respondió ella sin apartar la vista—. Delta no se comporta así con extraños.

Valeria dio un paso al frente, firme, como quien recita una instrucción que miles de veces había funcionado.

—¡K9, ataque!

La niebla pareció quedarse quieta. El mar también.

Pero el perro no atacó.

En lugar de eso, giró la cabeza hacia Valeria con una mirada que no era confusión. Era… ofensa. Advertencia. Luego, con una decisión que hizo que a varios se les helara la sangre, el Pastor Alemán se colocó completamente entre Don Ernesto y los oficiales, patas firmes, lomo erizado.

Y gruñó. No al viejo. A ellos.

—¿Qué…? —susurró un agente.

—¡Delta, engancha! ¡Es una orden! —gritó Valeria, y por primera vez su voz se quebró un poquito.

El perro no obedeció. Se pegó todavía más a Don Ernesto, como si lo cubriera.

Hubo un segundo, apenas uno, en el que todos entendieron algo aterrador: la amenaza no era el anciano. La amenaza era la verdad que no estaban viendo.

Don Ernesto levantó lentamente las manos, palmas abiertas.

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