—Por favor… yo no entiendo —dijo con un hilo de voz—. Miren… mírenlo. No está haciendo nada malo.
El Pastor Alemán lo miró de reojo, como para confirmar que el hombre seguía ahí. Luego volvió a clavar los ojos en la línea de armas. Era un escudo vivo.
Valeria tragó saliva y bajó un poco el arma. Sus ojos, sin querer, se posaron en el arnés del perro. En la parte inferior, donde el material rozaba la piel, asomaba un borde de cicatriz.
Don Ernesto, como guiado por algo que venía de muy lejos, estiró la mano y levantó con cuidado el arnés. Tocó la marca con la yema de los dedos.
Se quedó pálido.
—No… —susurró—. Esa cicatriz…
Mateo frunció el ceño.
—¿La conoce?
Don Ernesto respiró como si le faltara el aire. Sus manos empezaron a temblar.
—Yo tuve un compañero… hace años. En el ejército. No era de la policía. Era… era de nosotros. Un Pastor Alemán. Lo llamábamos Sombra.
Valeria parpadeó, tensa.
—Ese perro se llama Delta, señor.
—Delta era su nombre de radio —respondió Don Ernesto, y se le quebró la voz—. Pero cuando estábamos solos, cuando… cuando las cosas se ponían feas… yo le decía Sombra. Porque siempre estaba conmigo.
El silencio se volvió pesado. Hasta el mar parecía escuchar.
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