La policía ordenó a un perro policía que atacara a un veterano anciano, ¡pero la reacción del perro lo cambió todo!

Don Ernesto apretó los ojos, y el muelle desapareció por un momento.

Volvió a verse en la sierra, años atrás, en una operación nocturna contra una célula armada. La tierra olía a pólvora y a pino. Los disparos sonaban como latigazos. Y él, Ernesto, joven todavía, avanzaba con su unidad mientras el perro le marcaba rutas, le leía el miedo en el aire, le salvaba la vida sin pedir permiso.

Luego, el estallido. Un artefacto improvisado. Luz blanca. El mundo volando en pedazos. Gritos. Tierra en la boca. Y la última imagen: el cuerpo del perro lanzándose hacia él, empujándolo fuera de la línea del impacto.

Cuando despertó en el hospital, le dijeron que el perro no lo había logrado. Que “lo sintieron mucho”. Que era “un héroe”. Y él lloró como no había llorado nunca, con un dolor que no sabía dónde guardar.

En el muelle, Don Ernesto abrió los ojos, húmedos.

—Me dijeron que murió —dijo, apenas—. Yo lo enterré en mi cabeza durante años. Pero esa marca… esa marca se la hizo el mismo día que… que se llevó a mi gente.

Valeria se quedó inmóvil. Tenía la piel erizada. Ella conocía el expediente de Delta: “rescate posterior a explosión; transferencia; entrenamiento; servicio activo”. Lo había leído como se leen los papeles, sin imaginar que el papel respiraba.

Mateo sacó su radio con cuidado.

—Comandanta… en el expediente de Delta aparece una lesión por explosión, registrada hace… —miró— doce años. Antes de entrar al programa municipal.

Valeria levantó la mirada, lenta.

—¿Doce años…? —repitió.

Don Ernesto miró al perro como si lo estuviera viendo por primera vez y por última.

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