—Sombra… —susurró, y la palabra se le quebró—. ¿Eres tú?
El Pastor Alemán relajó la postura, como si el peligro real se hubiera movido del entorno al corazón. Dio un paso, pegó el pecho al de Don Ernesto y, con una delicadeza imposible en un animal entrenado para derribar hombres, le puso una pata sobre la rodilla.
Un gesto específico. Demasiado específico.
Don Ernesto se llevó una mano a la boca.
—Yo… yo le enseñé eso —dijo llorando—. Cuando me daban ataques, cuando no podía respirar… él me ponía la pata así. Para traerme de vuelta. Para decirme “aquí estoy”.
A varios agentes se les humedecieron los ojos sin permiso.
Valeria bajó el arma por completo. Su rostro, antes duro, se quebró en humanidad.
—Alto —ordenó en voz baja—. Todos… bajen las armas.
Los policías dudaron un instante, porque el entrenamiento es una cadena difícil de romper. Pero la escena frente a ellos rompía cualquier manual: un perro de intervención protegiendo a un anciano como si le debiera la vida.
Mateo fue el primero en obedecer. Luego otro. Y otro. Hasta que el muelle dejó de parecer una trampa y empezó a parecer… un reencuentro.
Valeria dio dos pasos hacia Don Ernesto, ya sin amenaza, sólo con preguntas.
—Señor Salgado… ¿usted puede probar que estuvo en esa operación? ¿Tiene algún documento? ¿Un número de unidad?
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