Don Ernesto asintió con un temblor.
—Tengo… una credencial vieja. Y una placa. La traigo siempre… —metió la mano en el bolsillo interior de su chamarra, lento para no asustar a nadie. Sacó una placa gastada y un silbato metálico colgado en un cordón.
En cuanto el silbato brilló, el perro soltó un gemido bajo, casi humano. Lo olfateó con urgencia, como si el tiempo acabara de doblarse.
Valeria sintió un golpe en el estómago.
Porque ella también tenía un recuerdo: su padre, un marino retirado, hablándole de un perro que una vez salvó a un pelotón entero y desapareció entre la humareda. “Nunca supe qué fue de él”, decía. “Pero si algún día vuelve… espero que encuentre a quien amaba”.
Valeria respiró hondo, como si en ese muelle no sólo se estuviera resolviendo una fuga, sino una historia de doce años.
—Necesito hacer esto bien —dijo—. Por protocolo. Por él. Por usted.
Mateo intervino con suavidad:
—Comandanta, podemos llevarlos a la unidad para evaluación. Pero… no creo que Delta vaya a subirse si lo separamos.
El perro, como si entendiera, volvió a apretarse contra Don Ernesto.
Valeria se arrodilló a la altura del animal.
—Delta —susurró, y luego cambió—. Sombra… si ese es tu nombre… te lo ganaste. Nadie te va a lastimar. ¿Sí?
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