El perro la miró fijo. Luego, lentamente, bajó la cabeza, sin rendirse, pero aceptando.
Don Ernesto soltó un sollozo que llevaba años guardando.
—Pensé que te había perdido para siempre —dijo, abrazando el cuello del perro con su cuerpo frágil—. Me quedé vacío, hijo… me quedé… sin sombra.
El sol, por fin, comenzó a romper la neblina. Rayos dorados se colaron entre el aire húmedo, y por primera vez el muelle no parecía gris: parecía nuevo.
Horas después, en la comandancia, todo se confirmó. La cicatriz coincidía con registros militares. El microchip del perro había sido reemplazado al entrar al programa municipal, pero quedaban rastros de un número antiguo. Y una firma, al fondo de un documento perdido, decía “E. Salgado” junto a una nota: “Manejo y vínculo excepcional”.
Valeria caminó hacia Don Ernesto con una carpeta en la mano.
—Legalmente —dijo— Delta es propiedad de la unidad… pero también existe la figura de retiro por condición especial y reasignación por bienestar del animal. Y esto… —miró al perro, que no se había separado ni un centímetro del anciano— esto es bienestar.
Mateo sonrió apenas.
—Además, Comandanta… Delta se escapó solo. Nadie le abrió nada. Rompió la jaula, saltó la reja y corrió directo al muelle. Como si supiera el camino.
Don Ernesto bajó la mirada, acariciando las orejas del perro.
—Yo vengo al muelle todas las semanas —admitió—. Me siento a ver el amanecer… porque es el único momento en el que no escucho explosiones en la cabeza.
Valeria tragó saliva, con un nudo que no era de autoridad sino de respeto.
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