La primera mañana sin él en una casa vacía: cuando el dolor cubre, pero con él llega la claridad

Etapa 1. Una maleta en el pasillo y una voz serena: cuando veinte años de repente intentan resumir las palabras "Me voy" en una sola frase.
"Me voy", dijo Andrey, con la misma calma con la que anuncia que va a comprar pan. "Me he enamorado de otra persona. Lo siento".

Natalya se sentó en el borde del sofá y miró sus manos. No su cara, sino sus manos. Abrieron el armario, sacaron camisas y las doblaron con una paciencia asombrosa. Esas manos habían sujetado las suyas en el registro civil. Esas manos habían subido a su primer hijo al hombro. Esas mismas manos le habían dado las llaves del coche cuando él "no pudo comprar algo serio por primera vez".

Y ahora... esas manos estaban empacando la vida de otra persona en una maleta.

Natalya guardó silencio no porque no le importara. Era como si el sonido se hubiera apagado en su interior. Donde normalmente se alzaría un grito, había un vacío. Un vacío tal que hasta su respiración parecía más fuerte.

"¿No vas a decir nada?" Andrey hizo una pausa y finalmente la miró.

Esperaba lágrimas. Esperaba acusaciones. Esperaba que Natalya se volviera "incómoda" para poder irse "como el agraviado".

Pero Natalya se levantó. Lentamente, sin movimientos bruscos, como se levanta quien ya ha tomado una decisión.

Fue a la cómoda, cogió el sobre, regresó y lo dejó sobre la cama, justo delante de su maleta.

"¿Esto?", preguntó Andrey, cauteloso.

"Un regalo de despedida", respondió Natalya con calma. "Cuando termines, por favor, vete. Necesito un poco de paz y tranquilidad".

"Un regalo..." Andrey rió entre dientes, nervioso. "Nata, ¿crees que soy el único culpable? Hemos estado..."

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