La primera mañana sin él en una casa vacía: cuando el dolor cubre, pero con él llega la claridad

"Eres fuerte. Antes solo ocultabas tu fuerza".

Natalya se cuidó. Se apuntó a clases de natación. Fue a la peluquería. No "para demostrárselo a Andrey", sino porque quería verse en el espejo no a una mujer abandonada, sino a una mujer viva.

El divorcio estaba en marcha. Andrey intentó negociar, presionar y armar un escándalo, pero todo se vino abajo sobre los documentos y la compostura de Natalya.

Y una noche, mientras revisaba fotos antiguas, Natalya se dio cuenta de repente: no había desperdiciado veinte años. Los había vivido. Había criado a sus hijos. Había construido una casa. Había ayudado a un hombre a crecer en los negocios. Y si él decidía irse, eso no la negaba.

Sacó su teléfono y escribió en sus notas:

"No soy un plan B. Soy la base".

Y sonrió.

Con calma. De verdad.

Epílogo. Pensó que dejaba a su "esposa común y corriente": pero resultó que dejaba a la mujer que sostenía su mundo.
Dos meses después, Andrei intentó llamar.

"Nata..." Su voz ya no sonaba segura, ni alegre, sino vacía. "¿Podemos hablar?"

Natalya miró la pantalla y no contestó enseguida. Sabía que esta llamada no era de amor. Era de miedo. De que su amante no hubiera esperado. De cómo su "nueva vida" no había resultado tan dulce.

Volvió a llamar una hora después. Con calma.

"Te escucho".

"Yo... cometí un error".

Natalya guardó silencio.

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