La Tetina de Espinas

El cristal de la lámpara de araña vibraba con cada alarido. No era un llanto común; era un sonido desgarrador, una nota de puro terror que cortaba el aire denso de la mansión. Alejandro sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies. En sus brazos, Tomás, de apenas ocho meses, luchaba con una fuerza sobrenatural para alejarse de aquel objeto de plástico. El biberón parecía, a los ojos del niño, una bestia hambrienta.

—¡Tienes que comer, por Dios, Tomás! —gritó Alejandro, con la voz rota por semanas de insomnio—. Te estás muriendo… me estás matando.

El hombre presionó la tetina contra los labios del bebé. Un segundo de succión. Luego, el horror.

Tomás arqueó la espalda violentamente. Sus ojos se abrieron tanto que el blanco de la esclerótica brilló bajo las luces LED. Un grito mudo, ahogado por la leche, precedió a un llanto tan agudo que Alejandro retrocedió, dejando caer el biberón sobre la alfombra persa.

Desde la cabecera de la mesa, Silvia observaba. Su mano, de uñas perfectamente esculpidas, sostenía una copa de cristal. Su rostro era una máscara de compasión ensayada, pero sus ojos estaban fríos, como dos cuentas de vidrio en el fondo de un pozo.

—Es el temperamento de su madre, Alejandro —dijo ella, con una suavidad que ponía los pelos de punta—. Es manipulador. Sabe que si llora, te tiene a sus pies. Tienes que ser más hombre, ser más firme.

Alejandro se hundió en la silla, ocultando el rostro entre las manos. La duda era una infección que Silvia alimentaba cada noche. ¿Era posible que su propio hijo lo odiara? ¿Que el bebé fuera un monstruo de voluntad indomable

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