En las sombras de la cocina, Juana apretaba un trapo contra su pecho. Su corazón latía con la fuerza de un tambor de guerra. Ella lo había visto. Había visto el reflejo de búsqueda del niño cuando olía la leche. Tomás no odiaba la comida. Tomás tenía hambre. Pero algo en ese ritual de alimentación era una cámara de tortura.
Silvia se acercó a la cocina, su perfume floral inundando el espacio como un gas tóxico.
—Juana, limpia ese desastre en el comedor —ordenó, sin mirarla—. Y no te acerques a los biberones. Yo misma me encargo de la esterilización. La higiene es… vital.
Juana bajó la mirada, pero sus ojos captaron algo: una pequeña caja de costura sobre el aparador de Silvia, ligeramente abierta. Dentro, el brillo de agujas de acero. Un escalofrío le recorrió la columna. No era higiene lo que Silvia protegía. Era el acceso.
Esa noche, el aire en la mansión se sentía eléctrico, pesado como el plomo. Alejandro, empujado por la desesperación y las palabras de Silvia, decidió que esa sería la última vez que el niño “ganaría”.
—Sujétale las manos, Juana —ordenó Alejandro. Su rostro estaba congestionado, los ojos inyectados en sangre—. Va a comer. Es por su bien. No voy a dejar que se muera de hambre.
—Señor, por favor, espere… —susurró Juana, con las manos temblando.
—¡Hazlo! —rugió él.
Alejandro tomó el biberón “especial” que Silvia acababa de traer de la cocina. Tomás empezó a sudar de puro pánico. Sus pequeñas manos golpeaban el pecho de su padre. El hombre, cegado por la frustración, forzó la tetina en la boca pequeña y rosada.
Un grito visceral, un sonido de carne rasgada, llenó la habitación. Una gota de sangre comenzó a deslizarse por la comisura de los labios de Tomás, mezclándose con la leche blanca.
—¡ALTO! —el grito de Juana no fue un ruego, fue un comando.
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