La Tetina de Espinas

Con una fuerza que nadie esperaba de una mujer de su edad, Juana se abalanzó y le arrebató el biberón a Alejandro de un tirón.

—¿Qué haces? ¡Estás despedida! ¡Lárgate de mi casa! —gritó Alejandro, poniéndose de pie, listo para estallar.

—Mire esto, patrón. Mírelo de verdad si quiere ser un padre —replicó Juana, con la voz cargada de una furia santa.

Juana no desenroscó la tapa. Simplemente, con sus dedos curtidos, presionó la base de la tetina de silicona desde adentro hacia afuera, dándole la vuelta como si fuera un guante.

El tiempo se detuvo.

Bajo la luz de la lámpara, el horror se reveló en su forma más pura. Incrustadas en la silicona, ocultas a simple vista pero diseñadas para emerger con la presión de la succión, había tres puntas de agujas de coser, cortadas y afiladas. Formaban un triángulo de dolor. Cada vez que el bebé intentaba alimentarse, las agujas perforaban su lengua y su paladar.

Alejandro sintió que el oxígeno abandonaba sus pulmones. El silencio que siguió fue más aterrador que el llanto del niño.

—No es una rabieta, señor —sollozó Juana—. Es una tortura. Su hijo ha estado recibiendo una puñalada con cada trago de leche.

Alejandro, con las manos temblando como si sufriera un ataque, presionó su propio pulgar contra la tetina. Un gemido de dolor escapó de sus labios cuando la punta de acero le atravesó la piel. Una gota de sangre, idéntica a la de su hijo, brotó de su dedo.

Miró a Silvia. Ella estaba de pie junto a la puerta, su rostro perdiendo el color, la máscara de perfección agrietándose para revelar al depredador que llevaba dentro.

—Alejandro, cariño… debe ser un defecto de fábrica… yo nunca… —balbuceó ella, retrocediendo.

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