La Tetina de Espinas

—Fuera —la voz de Alejandro no fue un grito. Fue un susurro cargado de una violencia volcánica—. Fuera de mi casa ahora mismo, antes de que te haga sentir el mismo dolor que le causaste a mi hijo.

Se abalanzó sobre ella, no para golpearla, sino para arrancarla de su vida. Lanzó sus pertenencias al pasillo mientras ella gritaba amenazas que ya no tenían poder. El reinado del terror de la madrastra había terminado.

Una hora después, la mansión recuperó una paz que no conocía.

En el gran sillón del estudio, Alejandro sostenía a Tomás. El bebé, ahora usando un biberón nuevo y simple verificado diez veces por Juana, bebía con una avidez desesperada. Sus ojos grandes estaban fijos en los de su padre, ya no con miedo, sino con el reconocimiento del refugio.

Juana observaba desde la puerta, limpiándose las lágrimas con el delantal. Alejandro levantó la vista y asintió, un gesto de respeto eterno hacia la mujer que había salvado el alma de su familia.

Alejandro acarició la cabeza del niño, sintiendo la calidez de la vida regresando a ese pequeño cuerpo. En esa habitación, el hambre ya no era dolor. El hambre era, finalmente, solo el preludio del amor.

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