Las prisioneras de la prisión de alta seguridad quedan embarazadas una tras otra: lo que captaron las cámaras ha impactado a todos.

Cuatro embarazos en seis semanas.

El médico consultor del penal, Dr. Miguel Herrera, revisó los casos y se quedó en silencio largo rato.

—Los embarazos son reales. Todo avanza normal —dijo, al fin—. Pero estas mujeres presentan señales claras de trauma. No están ocultando un romance. Están… sobreviviendo.

Ximena apretó los dientes.

—Entonces necesitamos a alguien de fuera —sentenció—. Alguien que no le tema al escándalo.

La directora se resistió, pero el pánico empezaba a comerse la prisión desde adentro. Si no lo detenían, habría motín. Y un motín en máxima seguridad no se apaga con discursos.

Así entró al caso el ingeniero de seguridad Diego Chacón, enviado por la Secretaría de Seguridad. Un tipo flaco, de ojos inquietos, que no miraba las paredes: miraba los hábitos.

—Las cámaras pueden ser perfectas y aun así no ver nada —dijo la primera noche—. Hay que seguir la rutina. Lo que se repite.

Chacón pidió los registros de trabajo de las cuatro mujeres. Lugares, horarios, supervisores, trayectos.

La coincidencia lo dejó frío:

—Todas trabajan en la lavandería, ¿verdad?

La lavandería estaba en el sótano, un monstruo de concreto con máquinas industriales y vapor constante. Teóricamente era segura: cámaras, rondines, acceso restringido. “Imposible que pase algo ahí”, repetían los mandos.

Chacón se arrastró entre secadoras, revisó rincones, golpeó paredes con los nudillos. Hasta que detrás de una unidad enorme, tapado por pelusa vieja y polvo, encontró una grieta que no era grieta.

Era una abertura.

—Esto no es desgaste —murmuró, enfocando con una lámpara—. Esto está… hecho.

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