Tiraron parte del recubrimiento. Apareció un hueco estrecho que conducía a un túnel de mantenimiento. Viejo. Olvidado. Pero no abandonado: había marcas recientes, cables, una linterna atada con cinta, pisadas.
El túnel conectaba, como una vena secreta, con el centro varonil a kilómetros de ahí, por debajo de un terreno que todos creían sólido. Lo peor no era sólo que existiera. Lo peor era que alguien lo había mantenido vivo… y callado.
Esa noche instalaron cámaras ocultas apuntando al acceso, sin avisar a los custodios comunes. Chacón insistió:
—Si alguien de adentro lo cubre, no podemos confiar en el circuito normal.
Ximena no durmió. Se quedó en enfermería, esperando el sonido que confirmaría sus sospechas.
A las 2:18 de la madrugada, la cámara registró movimiento.
Una sombra se deslizó desde el hueco. Luego otra. Hombres con rostros cubiertos. Señales rápidas. Uno se quedó de “vigía” en la lavandería.
Y entonces apareció lo que partió el alma de Ximena: no era un ataque improvisado. Era un sistema. Sabían el minuto exacto en que el rondín no pasaba. Sabían dónde la cámara “oficial” no alcanzaba. Sabían qué puerta no debía abrirse… y aun así se abría.
La siguiente imagen fue el giro que terminó de romper el mundo de Ximena:
Un supervisor de custodia, Rogelio Montero, apareció en cuadro. No entró a detenerlos. Entró a dejarles paso.
Ximena sintió náusea. Montero era de los intocables, de los que daban órdenes con la barbilla levantada. El tipo que le había dicho, semanas atrás, que no exagerara “con historias”.
Chacón no lo dudó. Llamó al equipo federal. Sin encender alarmas, con el mínimo ruido, montaron un operativo.
Cuando los hombres volvieron a salir del túnel, ya no encontraron oscuridad.
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