Las prisioneras de la prisión de alta seguridad quedan embarazadas una tras otra: lo que captaron las cámaras ha impactado a todos.

Encontraron linternas, armas apuntando al piso, voces firmes.

—¡Al suelo! ¡Manos donde las vea!

Se escucharon golpes, gritos, carreras en el túnel. Uno intentó regresar. Otro se resistió. Pero en minutos los tenían reducidos. Montero, al ver el cerco, intentó huir por una puerta lateral. No llegó ni a la escalera.

La directora Cárdenas apareció después, pálida, como si de pronto hubiera envejecido diez años. Chacón le mostró el video. Patricia se quedó sin aire.

—Yo… yo no sabía —balbuceó.

Ximena la miró sin parpadear.

—Tal vez no sabía todo. Pero ordenó silencio. Y el silencio… también lastima.

Lo que vino después fue más difícil que el operativo.

Porque una cosa era detener a los responsables. Otra era sostener a las víctimas.

Rebeca habló primero, en una sala segura, con Ximena y una fiscal especial. No dio detalles morbosos; no hizo falta. Su voz temblaba, y aun así se mantuvo en pie.

—Nos decían que si hablábamos, iban a buscar a nuestras familias —susurró—. Y que aquí adentro… nadie nos iba a creer.

Mariana confirmó lo mismo. Y luego otras mujeres, que no estaban embarazadas, pero cargaban el mismo miedo en los ojos, comenzaron a pedir ayuda.

El caso explotó en medios nacionales. Hubo indignación, protestas, auditorías. La directora Cárdenas renunció y, por primera vez, dio una declaración pública sin escudos:

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