—Fallamos. Y por callar, fallamos dos veces.
El túnel fue sellado con concreto reforzado. No “tapado”: destruido. Se cambiaron rutas, horarios, vigilancia, y el personal completo fue reentrenado. Se instaló un protocolo nuevo: cero áreas de trabajo aisladas sin acompañamiento y monitoreo redundante, además de un sistema de denuncias externas con protección real.
Pero el final no se escribió con paredes nuevas, sino con personas.
Meses después, en una pequeña ceremonia dentro del penal —sin cámaras, sin discursos políticos—, Ximena se sentó frente a Rebeca y Mariana. Ambas recibieron atención psicológica, asesoría legal y medidas de protección. Las autoridades, por primera vez, las trataron como lo que eran: sobrevivientes.
—No sé si algún día voy a dejar de temblar —dijo Mariana, tocándose el vientre—. Pero… por primera vez siento que no estoy sola.
Rebeca apretó la mano de Ximena.
—Usted fue la primera que me miró sin asco… sin duda… —dijo—. La primera que me creyó.
Ximena respiró hondo. Tenía los ojos rojos.
—No hice nada heroico —contestó—. Hice lo mínimo que merece cualquier ser humano: escuchar.
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