Los bebés nacieron bajo custodia médica externa. Hubo acuerdos con familias, con albergues, con redes de apoyo para que no se repitiera el abandono. En los meses siguientes, varias de las mujeres recibieron revisiones de sentencia y beneficios por colaborar con la justicia, además de traslados a centros más seguros.
Y el día que Ximena dejó La Ribera por última vez —tras ser asignada a una unidad nacional de salud penitenciaria—, pasó por la lavandería sellada. Ya no había vapor, ya no había ruido. Solo concreto nuevo… y una placa pequeña, discreta, que alguien había pegado sin permiso oficial:
“Aquí el silencio se rompió. Aquí se eligió la verdad.”
Ximena tocó la placa con la punta de los dedos y se permitió llorar.
No por la noticia, ni por el escándalo.
Sino porque, en un lugar construido para castigar, un puñado de mujeres y una enfermera terca habían conseguido algo raro, casi imposible:
Que la justicia llegara…
y que el miedo, al menos por un momento, soltara el cuello de quienes habían sobrevivido.
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