Lena lo sintió desde la mañana: el día sería…

Lo dijo con naturalidad, casi con naturalidad. Así es como hablan quienes están acostumbrados a humillar a los demás: sin alzar la voz.

Oleg se estremeció, quiso decir algo, pero permaneció en silencio.

En esa casa, las palabras siempre se le atascaban en la garganta.

Vitaly Petrovich, su padre, estaba sentado en un rincón del salón, en un mullido sillón de cuero. Su tableta brillaba con gráficos y cifras, pero su mirada estaba vacía. No leía. Se escondía. En esa casa, su opinión tenía menos peso que un jarrón de suelo.

Lena lo vio. Y comprendió: si incluso él no era nadie, ¿quiénes serían sus padres?

Desarrollo

Lena creció en un hogar donde no había lujos, pero sí respeto.

Su padre, Andrei Ivanovich, había trabajado con sus manos toda su vida. Tierras, maquinaria, granja. No negocios, sino trabajo. El tipo de trabajo que te deja los hombros doloridos por la noche, pero no te da vergüenza mirarte al espejo.

Su madre, Nina Sergeyevna, sabía guardar silencio para que su silencio hablara más fuerte que cualquier palabra. Nunca se quejaba. Simplemente hacía su trabajo. Lena siguió adelante: se formó como veterinaria y empezó a trabajar en una clínica local. El trabajo era duro, el sueldo modesto, pero cada animal que salvaba le daba un propósito.

Conoció a Oleg por casualidad. Traía a casa un dóberman con una pata cortada. Se sentó en el pasillo, sujetando la cabeza del perro y hablándole en voz baja, como si fuera una persona.

"Está bien, amigo mío", susurró. "Solo ten paciencia".

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