Lena lo sintió desde la mañana: el día sería…

Fue entonces cuando Lena pensó por primera vez que una persona común podía esconderse detrás de un coche caro y un reloj de diseño. Y así resultó.

"Este no es mi mundo", dijo más tarde, señalando con la cabeza la alta valla de la casa de sus padres. "Esto es todo de mi madre. Yo solo vivo aquí".

El imperio de Zhanna Eduardovna creció rápidamente. La década de 1990 fue una época de oportunidades para ella. Nadie sabía exactamente de dónde venía el dinero para la cadena de concesionarios de coches, pero circulaban rumores. Y casi todos eran desagradables.

A Zhanna Eduardovna no le gustaba recordar el pasado. Amaba el presente: caro, brillante, que acentuaba la diferencia entre ella y los demás.

A las cinco en punto, se oyó el ruido de un motor en la puerta.

"¿Qué pasa?", preguntó Zhanna Eduardovna acercándose a la ventana con una copa de vino. "¿Espero que no fuera un tractor?".

Se quedó callada.

Un todoterreno negro entraba en el patio. Mate, pesado, sin brillos ostentosos. El coche no tenía prisa. Conducía con seguridad, como quien no necesita demostrar su valía.

Lena contuvo la respiración.

El coche se detuvo. La puerta se abrió. Andrei Ivanovich fue el primero en salir. De espaldas rectas, cabello canoso, con un abrigo sencillo. Miró a su alrededor con calma, sin interés. Luego le ofreció la mano a su esposa.

Nina Sergeyevna salió con cuidado, reservada. Vestía con sencillez, pero limpia y con buen gusto. Sin un solo detalle superfluo.

Zhanna Eduardovna dejó su copa en el alféizar de la ventana.

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