Lena se quedó en la puerta y se dio cuenta: esta casa ya no parecía una fortaleza. Ahora lo sabía: las paredes podían ser caras, pero el pasado siempre se colaba.
A veces la humillación regresa como un bumerán.
No con gritos.
No con un escándalo.
Sino con un viejo expediente, sacado en el momento justo.
Y entonces queda claro quién es realmente pobre.
Después de esa noche, la casa pareció encogerse.
Zhanna Eduardovna dejó de hablar en voz alta. Eso era lo más notable. Seguía caminando erguida, seguía supervisando a los sirvientes y las facturas, pero en su voz se percibía una cautela inusual, casi humillante para ella.
Oleg lo sentía en los huesos. Nunca había visto a su madre así. Ni irritada, ni enfadada, sino cautelosa. Como si de repente hubiera surgido una grieta bajo la costosa alfombra, y ahora cada paso requería un cálculo preciso.
"¿Entiendes lo que hicieron?" —susurró esa noche, cuando Lena ya se había acostado—. No vinieron solo a cenar.
—Mamá —dijo Oleg con cansancio—. Son los padres de Lena. No 'hicieron' nada. Tú misma...
—No me sermonees —lo interrumpió—. Conozco demasiado bien a estos 'tranquilos'. Guardan silencio durante años y luego sacan papeles.
No terminó. No porque no quisiera, sino porque no podía. Vitaly Petrovich se sentó a su lado, en silencio, mirándola fijamente. Por primera vez en muchos años, no asintió.
Lena sintió un cambio al día siguiente.
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