Luego, una hija.
Layla dejó de contar el tiempo en categorías comunes. Los años se medían por embarazos, nacimientos, recuperación y la espera para la siguiente revisión.
Cada primavera, Khalid la llevaba al médico. Si se confirmaba el embarazo, él se calmaba. Si no, su rostro se endurecía.
"Debes intentarlo", le decía. "Es tu deber".
Lo intentó. Pero el cuerpo no es una máquina.
4. Miedo sin un grito
Con los años, el lujoso palacio dejó de ser un cuento de hadas. Se convirtió en un sistema. Layla se dio cuenta de que no tenía derecho a estar cansada. No tenía derecho a estar enferma. No tenía derecho a decir "no".
Después de su quinto hijo, empezó a temer dormir, porque en sueños, su cuerpo no le pertenecía.
Después del séptimo, dejó de reconocerse en el espejo.
Amaba a los niños. De verdad. Pero cada nuevo hijo no era una alegría, era una prueba de su valía.
Un año, no concibió durante dos años seguidos.
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