La libertad resultó no ser unas vacaciones, sino una tarea sin instrucciones.
Durante los primeros meses, apenas salió del apartamento. La ciudad al otro lado de la ventana era ruidosa, vibrante y extraña. Allí, las mujeres caminaban deprisa, hablaban en voz alta y reían sin mirar atrás. Layla las miraba como si fueran seres de otra dimensión.
Lo más difícil era tomar decisiones. Incluso las más sencillas.
Qué ponerse.
Adónde ir.
Qué decir.
Por primera vez en su vida, nadie le decía qué hacer.
A veces se sorprendía esperando una llamada de Khalid. No por amor, sino por costumbre. Como quien ha vivido bajo tierra durante mucho tiempo, esperando a que el suelo tiemble.
Pero el teléfono estaba en silencio.
8. Niños sin palacio
Le quedaban tres hijos menores. Khalid no había abandonado a los mayores, y esa era la condición con la que tenía que vivir. Cada noche, repasaba sus rostros, voces y hábitos en su cabeza. La culpa era un ruido de fondo constante, como un zumbido en los oídos.
"Mamá, ¿ya no eres una princesa?" —preguntó un día su hijo menor.
Se quedó perpleja. Entonces sonrió.
—No. Ahora solo soy mamá.
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