El sol de la mañana se derramaba sobre las imponentes chimeneas de ladrillo rojo de la Mansión Marland, bañando los cuidados jardines con una luz dorada que parecía prometer un día perfecto. Dentro de esos majestuosos pasillos, impregnados de historia y recuerdos familiares, Leonard Grant regresaba a casa mucho antes de lo habitual.
En sus manos llevaba un gran ramo de tulipanes frescos, y en su rostro permanecía una sonrisa suave, casi infantil, una expresión que el mundo empresarial no había visto en años. No le había dicho a nadie que vendría. Quería que fuera una sorpresa.
Leonard no era heredero por nacimiento; era un hombre hecho a sí mismo. A sus treinta y nueve años, era un reconocido multimillonario, pero su corazón seguía siendo el del chico de Tulsa, criado por una madre viuda que trabajaba como enfermera y hacía pequeños milagros para estirar su sueldo hasta fin de mes.
Catherine, su madre, había sido su pilar, la razón de cada uno de sus éxitos. Ahora, en la cima del mundo, Leonard sentía que la vida finalmente estaba completa. Estaba a punto de casarse con Anne Graham, una mujer elegante, serena y deslumbrante; la compañera perfecta para compartir su vida y cuidar de su madre.
Caminó con paso rápido por el vestíbulo, imaginando la sonrisa de Catherine al ver las flores. Se detuvo para acomodar una de las hojas verdes del ramo, sintiéndose afortunado. Pero al acercarse a la sala principal, donde la luz incidía sobre el mármol pulido con una claridad implacable, el tiempo pareció desmoronarse. El silencio en la casa no era apacible; era cargado, eléctrico, erizándole los pelos de punta.
Leonard oyó un sonido. No eran risas ni conversaciones. Fue un golpe sordo, seguido de un gemido ahogado que le heló la sangre en las venas. Se quedó inmóvil, parcialmente oculto tras una columna, y lo que sus ojos captaron a continuación destrozó en un instante la realidad que creía estar viviendo.
Anne, su prometida, la mujer que irradiaba dulzura en las galas benéficas, permanecía en una postura que él no reconocía. Su rostro estaba contorsionado por una furia grotesca, y su pierna estaba levantada, con el tacón de aguja apuntando hacia abajo como un arma.
A sus pies yacía Catherine, la mujer que había sacrificado su vida por él, desplomada en el suelo. Su bastón había sido pateado fuera de su alcance. Sus brazos temblaban violentamente mientras intentaba, sin éxito, incorporarse. Y entonces Leonard oyó la voz de Anne.
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