Ese estremecimiento lo destrozó.
“Que no sepa que estás en casa.”
Los labios de Sophie temblaron. Su voz salió débil, casi como un secreto que no confiaba en que el aire pudiera contener.
“Papá… ¿de verdad eres tú?”
Adrien tragó saliva con dificultad.
“Soy yo. Te lo prometo. Te tengo.”
La alargó con cuidado, levantándola como si fuera un cristal. Pesaba mucho menos de lo que debería.
Su hermanito, Milo, emitió un leve sonido, demasiado débil para un llanto de verdad. Adrien lo abrazó con el otro brazo y sintió la aterradora ligereza de un niño abandonado. La mirada de Sophie se dirigió hacia la escalera como si las sombras la oyeran.
"Por favor", susurró. "No le digas que estás en casa".
A Adrien se le hizo un nudo en la garganta.
"¿Quién, Sophie?"
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