Llegó a casa de un viaje de negocios y encontró a su hija arrastrando a su hermanito por el suelo. Ella susurró: «Que no sepa que estás aquí…».

"Quiero".

Abrió la libreta y leyó una frase, con voz firme pero suave:

"Me alegra que hayas vuelto a casa".

A Adrien se le hizo un nudo en la garganta como siempre que recordaba esa noche.

Le tomó la mano.

"Siempre lo haré", prometió. "Siempre".

Y esta vez, la casa estaba en el silencio adecuado: segura, normal y completa... como si por fin hubiera aprendido a respirar de nuevo.

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