La tensión en la casa había ido creciendo mucho antes de que él entrara.
Durante días, su madre había estado criticando cada detalle: cómo cocinaba su esposa, cómo descansaba, cómo se movía. Nada estaba bien. Para ella, el embarazo se había convertido en una excusa conveniente, la prueba de que su nuera era "perezosa", "demasiado sensible" y reacia a seguir consejos.
Las discusiones se agudizaban con cada día que pasaba. Las palabras se volvían frías. Las miradas, hostiles. Y esa tarde, el conflicto finalmente cruzó una línea que no se podía deshacer.
En un momento de ira descontrolada, la madre agarró un cubo lleno de agua y se lo arrojó a su nuera embarazada.
El agua la empapó al instante.
Se quedó paralizada, empapada, agarrándose el vientre, con la conmoción y el dolor reflejados en su rostro.
En ese preciso instante se abrió la puerta principal.
Él entró y se detuvo en seco.
Frente a él estaban su madre, todavía agarrando el cubo, y su esposa, temblando, mojada y temblorosa, con los ojos abiertos de par en par por la incredulidad. Por una fracción de segundo, el tiempo pareció detenerse.
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