Dejó claros los límites: el respeto comenzaría de inmediato o ella se iría. No habría debate, ni segundas oportunidades, ni excusas.
Su esposa sintió que su temblor se calmaba lentamente. Por primera vez en semanas, comprendió algo profunda e inequívocamente: no estaba enfrentando esto sola.
Y su madre, al darse cuenta finalmente de que había ido demasiado lejos, bajó la mirada. En ese momento de tranquilidad, comprendió la verdad que se había negado a ver:
El control que una vez tuvo sobre sus vidas había desaparecido.
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