Llegué a la dacha y me encontré con una celebración: mi ex suegra estaba celebrando su aniversario.

"Pues claro...", susurró Irina, sintiendo una familiar oleada de irritación.
Los invitados se turnaron para alzar sus copas, deseándole salud, larga vida y "que la dacha siga alegrando a toda la familia". Estas palabras la descolocaron. ¿Qué familia? La casa había pertenecido a Irina desde hacía mucho tiempo, y Tamara Petrovna lo sabía perfectamente.
Finalmente, alguien en la sala la vio.
"Oh... ¿a quién visita?", preguntó sorprendida la mujer de mediana edad, dándose la vuelta.
La conversación se apagó al instante. Todas las miradas se volvieron hacia Irina. Tamara Petrovna giró lentamente la cabeza, y una sombra de sorpresa se dibujó en su rostro, pero un segundo después se transformó en una sonrisa forzada.
"¡Irochka!", preguntó. "¿No me avisaste que venías?" —dijo, como si fuera la anfitriona.
Irina respiró hondo.
"En realidad, esta es mi casa", dijo con calma pero firmeza. "Y me gustaría entender por qué están haciendo una fiesta aquí sin que yo lo sepa".
Hubo una pausa incómoda. Los invitados intercambiaron miradas, algunos apartando la vista avergonzados, otros con las copas en alto, sin saber qué hacer. Tamara Petrovna se aclaró la garganta y agitó la mano.
"Vamos, Ira. ¿Qué empiezas? Es solo un aniversario, solo amigos cercanos. Al fin y al cabo, esta casa fue una vez un hogar familiar", dijo con un dejo de condescendencia.
Esa frase fue la gota que colmó el vaso.
"Era la palabra clave", respondió Irina. "Ahora es mía. Y no te di permiso para hacer una fiesta aquí".
La tensión flotaba en el aire. La música hacía rato que se había apagado, las risas se habían desvanecido y la fiesta empezaba a desmoronarse ante sus ojos. Algunos invitados empezaron a dejar sus copas apresuradamente en la mesa; alguien susurró en voz baja: «Parece que somos los raros...».
Irina miró a su exsuegra y se dio cuenta de que hoy definitivamente no saldría como ella había imaginado.

Tamara Petrovna frunció los labios, pero recuperó la compostura rápidamente. Miró a los invitados e intentó recuperar su tono anterior: seguro, casi autoritario.
«No hagan caso», dijo, dirigiéndose al grupo reunido. «Irina solo está cansada del viaje. Pasen, siéntense, tomaremos un té».
Incluso señaló una silla vacía, como si les hiciera un favor.
Irina sonrió brevemente, sin alegría.
«No», respondió. «Primero, explíquenme quién les dio las llaves y por qué mi propiedad está siendo utilizada sin permiso».

Una de las invitadas se aclaró la garganta con torpeza. Una mujer con un abrigo ligero se levantó de su asiento.

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