Llegué a la dacha y me encontré con una celebración: mi ex suegra estaba celebrando su aniversario.

Su casa.
"Tamara Petrovna dijo que esta era su dacha... Ni siquiera podíamos imaginarlo..."
"Exactamente", interrumpió Irina, mirando con más dulzura a los invitados. "No tienen nada que ver con esto. Pero los engañaron."
El rostro de la exsuegra palideció.
"Ira, ¿por qué tienes que decir esto delante de la gente?", siseó. "Somos familia. Podrías haberlo entendido."
"¿Familia?" Irina la miró directamente a los ojos. "Nos divorciamos hace tres años. La casa está registrada a mi nombre. El papeleo está en regla. Estás aquí, sin invitación."
Se hizo un silencio denso. Incluso el viento parecía haber amainado.
El pastel con las velas apagadas ahora parecía ridículo y fuera de lugar.
"Solo quería celebrar el aniversario al aire libre", dijo Tamara Petrovna en voz más baja. "¿Qué hay de malo en eso? La casa está vacía..."
"No está vacía. Es mía", respondió Irina con calma. "Y si hubieras preguntado, la conversación habría sido diferente."
Los invitados comenzaron a levantarse. Algunos se pusieron las chaquetas a toda prisa, otros se disculparon, evitando la mirada de Irina. El ambiente festivo se había desvanecido por completo.
Unos minutos después, solo quedaban ellos dos en el patio.
"Lo has arruinado todo", dijo Tamara Petrovna con amargura.
Irina echó un vistazo lento al patio, a la mesa y a los rastros de la presencia ajena.
"No", respondió. "Acabo de volver a mi casa."
Su exsuegra guardó silencio. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía nada que decir.
Irina lo sabía: esta conversación era inevitable. Y, por muy desagradable que fuera, hoy por fin le puso fin.

Tamara Petrovna se quedó allí unos segundos más, como esperando que Irina cambiara de opinión. Entonces, de repente, cogió su bolso, se puso el abrigo y se dirigió a la puerta. "No voy a dejar pasar esto", dijo por encima del hombro. "Hablaré con Seryozha luego".
"Habla con él", respondió Irina con calma. "Sabe perfectamente quién es el dueño de esta casa".
La puerta se cerró de golpe. Se oyó el sonido de motores al arrancar al otro lado de la valla: los invitados se marchaban rápidamente, evitando miradas indiscretas. Unos minutos después, el patio estaba vacío.
Irina se quedó sola.
Caminó lentamente por el jardín. El mantel blanco estaba manchado de vino, y ensaladas a medio comer, botellas vacías y servilletas ajenas yacían esparcidas sobre la mesa. Los restos de la celebración parecían especialmente fuera de lugar con el silencio y el sol primaveral como telón de fondo.
Quitó los objetos innecesarios de la mesa, dobló el mantel y abrió las ventanas de la casa para que entrara el aire fresco. Luego se sentó en el porche y se sirvió un té de un termo. Le temblaban ligeramente las manos, no por el frío, sino por la emoción que acababa de experimentar. El teléfono vibró. El nombre de su exmarido apareció en la pantalla.

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