Estaba bromeando.
Irina tomó las llaves en silencio. No como una victoria, sino como un cierre.
"Gracias", dijo finalmente. "Esto es importante".
Tamara Petrovna se levantó.
"No me meteré más. Ni en tu vida, ni en esta casa". Miró la propiedad. "Tú mandas aquí. Siempre lo has hecho".
Cuando la puerta se cerró de nuevo, Irina estaba sola. Pero por primera vez, sin la opresión en el pecho.
Esa noche, Alexey notó su consideración.
"¿Está todo bien?", preguntó.
Irina sonrió.
"Sí. Es solo que una historia finalmente terminó".
Alexey asintió, como si entendiera más de lo que ella había dicho.
El sol se puso lentamente, tiñendo la casa de un cálido tono dorado. Irina la miró y supo: ahora el pasado había quedado atrás.
Algo nuevo la esperaba. Y estaba lista para ello.
Agosto resultó ser generoso. Las manzanas maduraban, los tomates se enrojecían uno tras otro y una ligera neblina cubría la parcela por las mañanas. Irina ya no venía sola a la dacha; Alexey se había convertido en parte de su rutina, pero con tanta naturalidad, como si siempre hubiera estado allí.
No tenían prisa. No hablaban en voz alta del futuro, no hacían planes para siempre. Simplemente vivían uno al lado del otro. A veces juntos, a veces a su propio ritmo, y eso era precisamente lo que parecía más preciado.
Una noche, Irina estaba revisando un viejo armario en el ático. Entre los documentos amarillentos y las nimiedades innecesarias, encontró una carpeta llena de papeles: un contrato de compraventa, recibos viejos, extractos. Todas las cosas que antes tenía que reunir con prisa, demostrando lo obvio.
Observó esas hojas un buen rato, luego las dobló con cuidado en una nueva carpeta y las etiquetó:
"Mi casa".
Las escaleras crujieron abajo; Alexey subió.
"¿Encontraste algo interesante?" —preguntó.
Irina sonrió.
—Encontré la confirmación de que a veces es importante superar los conflictos para finalmente sentir que perteneces.
Asintió y, tras una pausa, añadió:
—Sabes, durante mucho tiempo viví como si nada me perteneciera realmente. Ni mi casa, ni mi vida. Pero aquí... es como si todo hubiera encajado.
Irina lo miró fijamente, sin dudarlo. —Porque aquí nadie le quita nada a nadie —dijo.
La luz se encendió abajo. La casa se llenó de la suave comodidad del atardecer.
Más tarde, sentada en la terraza con té, Irina se dio cuenta de repente: ya no recordaba con rabia aquel día de primavera. Se había convertido en un punto de partida. El momento en que por primera vez dijo con firmeza "no", y al hacerlo, se dijo "sí" a sí misma.
La noche cayó en silencio.
La casa irradiaba paz.
Irina cerró los ojos y sonrió. Ya no era solo una dacha.
Era su hogar.
Y su vida.
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