Llegué sin avisar para visitar a mi hija embarazada —solo para descubrirla desplomada en el suelo. En ese mismo instante, su esposo estaba en un yate con otra mujer. Le envié ocho palabras, y se puso pálido al instante

Fue en ese instante cuando la culpa —esa sombra silenciosa que siempre llega tarde— comenzó a devorarlo.

Michael condujo durante horas sin recordar los paisajes que cruzaba.
El viento del Mediterráneo aún le olía a perfume ajeno.
Llegó al hospital con el alma hecha trizas.
En la sala de urgencias, vio a Elena de pie, con los brazos cruzados, la mirada más fría que nunca.
—¿Dónde estabas? —preguntó ella sin gritar. No hacía falta.
Michael intentó balbucear una excusa, pero Elena lo interrumpió.
—No me interesa. Sophie está estable, pero el médico dice que el estrés la está destruyendo. Y tú eres parte de eso.

Él bajó la cabeza.
Sabía que no había defensa posible.
Las últimas semanas habían sido un torbellino de escapismo: las discusiones, su frustración con la vida doméstica, la sensación de estar atrapado.
Y en medio de todo, conoció a Clara, una mujer libre, vibrante, que lo hizo sentir “vivo” de nuevo.
Pero ahora, frente a la realidad de Sophie y su hijo, la aventura se desmoronaba como un castillo de arena.

Esa noche, Michael entró a la habitación donde Sophie dormía.
Tenía una vía en el brazo y un monitor controlando su ritmo cardíaco.
Al verla tan frágil, comprendió la magnitud de su egoísmo.
Le tomó la mano y susurró:

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