“¿De qué estás hablando?”
“Nuestra vida, Tomás.” “Los bienes, las cuentas, lo que es mío y lo que tú crees que es tuyo.” Lo miró directamente. La casa está a mi nombre. Mis padres insistieron cuando la compramos, ¿recuerdas? Empecé las inversiones que tenemos con mi herencia. El coche que conduces está a mi nombre. Y desde el lunes, soy dueño de este hotel y de otros dos en la ciudad.
Se le empezó a hinchar la cabeza.
¿Usaste tu herencia sin decirme nada?
Es mi herencia —respondió sin pestañear—. La misma que quisiste usar mil veces para tus 'grandes ideas de negocio'. La diferencia es que mis inversiones funcionan. Las tuyas... eran hoteles, pero por poco.
Mariana habló por primera vez.
Señor Briones, mañana por la mañana le notificarán formalmente la demanda de divorcio —dijo en tono neutral—. Dada la abrumadora evidencia de adulterio y el historial de recursos compartidos utilizados para sus encuentros, le sugiero que contrate a un buen abogado.
¿Pruebas? —repitió.
Jimena abrió un cajón y dejó una carpeta gruesa sobre el escritorio.
“Recibos de hotel, extractos bancarios, mensajes, correos electrónicos, fotos”, enumeró. “Seis meses de trabajo de un investigador privado al que, por cierto, pagué de mi propio bolsillo”.
Tomás se sintió expuesto.
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