Llevaba tres años casada y mi esposo dormía todas las noches en el cuarto de mi suegra. Una noche lo seguí a escondidas, y me enteré de una verdad que lamenté profundamente.

Dos días después, el médico entró con una expresión distinta.

—Sofía… usted es compatible.

Ricardo gritó que no.

—No voy a permitirlo —dijo—. Ya te hice sufrir demasiado.

Ella lo miró con una serenidad que nunca antes había sentido.

—Esta vez, déjame elegir a mí.

El quirófano estaba en silencio cuando llevaron a Sofía en la camilla. Las luces blancas parecían más frías que nunca. Ricardo intentó levantarse, pero los médicos lo detuvieron.

—¡No! —gritó—. ¡No pueden hacerlo! ¡Es mi esposa!

Sofía extendió la mano desde la camilla y lo miró con una calma que lo desarmó.

—Ricardo —dijo con voz firme—. Durante tres años decidiste por mí. Hoy, por favor… confía en mi decisión.

Él rompió a llorar.

—Tengo miedo de perderte.

—Y yo de perderte a ti —respondió ella—. Pero el amor no es huir del miedo. Es atravesarlo juntos.

Las puertas se cerraron.

Elena, sentada en la sala de espera, rezaba en silencio. Por primera vez en muchos años, no pedía un milagro solo para su hijo, sino también para la mujer que había aprendido a llamar hija.

Las horas pasaron lentas, crueles.

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