Llevaba tres años casada y mi esposo dormía todas las noches en el cuarto de mi suegra. Una noche lo seguí a escondidas, y me enteré de una verdad que lamenté profundamente.

Cuando el médico salió, sus palabras fueron claras:

—La cirugía fue un éxito.

El llanto estalló como un trueno contenido durante años.

Ricardo despertó con una sensación extraña, como si el cuerpo ya no le pesara igual. Giró la cabeza y la vio. Sofía dormía a su lado, pálida pero viva.

—Te quedaste —susurró él, con la voz rota.

Ella abrió los ojos y sonrió.

—Te lo dije. Esta vez no me iba a ir.

La recuperación fue larga, pero distinta. Sin secretos. Sin mentiras. Sin puertas cerradas de madrugada.

Un mes después, cuando Sofía aún caminaba despacio, Ricardo reunió a toda la familia en la casa.

—Hay algo que decir —anunció.

Julián intentó sonreír, pero Ricardo lo interrumpió.

—Ya hablé con un abogado. La casa no se vende. Y tú… no volverás a pisarla.

—¿Por una firma que no conseguiste? —se burló Julián.

—No —respondió Sofía, mirándolo a los ojos—. Por intentar lucrar con la muerte.

El silencio fue absoluto.

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