Elena se acercó a Sofía y, con manos temblorosas, le colocó un pequeño anillo antiguo.
—Era de mi madre —dijo—. Quiero que lo tengas. No como deuda… sino como gratitud.
Sofía la abrazó sin decir nada. No hacía falta.
Meses después, por primera vez desde que se casaron, Ricardo y Sofía durmieron juntos toda la noche. Sin pasos en la oscuridad. Sin sospechas. Sin miedo.
—¿Sabes qué es lo más triste? —dijo Sofía, mirando el techo.
—¿Qué?
—Que casi destruyo nuestro amor por una verdad que, al final, era amor mal explicado.
Ricardo tomó su mano.
—Y yo casi te pierdo por no creer que eras lo suficientemente fuerte para quedarte.
A la mañana siguiente, Sofía despertó con una luz distinta entrando por la ventana. Se levantó, fue a la cocina y encontró una nota.
“Gracias por no rendirte.
Gracias por quedarte.
Gracias por elegir.”
Sonrió.
Porque entendió, al fin, la lección más cara de su vida:
El amor no se prueba con sacrificios silenciosos,
sino con verdades compartidas.
Y esta vez, no había más puertas cerradas entre ellos.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
