Sofía contuvo la respiración cuando escuchó la voz temblorosa de Elena desde el interior de la habitación.
—Ricardo… ¿ya te aseguraste de que esté dormida? —preguntó la anciana con un hilo de voz.
El corazón de Sofía dio un vuelco.
—Sí, mamá —respondió él en tono bajo—. Como siempre.
Hubo un silencio incómodo. Sofía apoyó la palma de la mano en la pared para no perder el equilibrio. Algo en ese “como siempre” le heló la sangre.
—No quiero que sufra —continuó Elena—. Ella no merece esto.
Sofía sintió que las piernas le flaqueaban. ¿Sufrir por qué? ¿Qué era esto?
—Lo sé —dijo Ricardo, con un suspiro cansado—. Pero no hay otra forma.
Desde su escondite, Sofía llevó la mano a la boca para ahogar un gemido. Cada palabra era una daga.
—Prométeme que cuando todo termine… le dirás la verdad —insistió la suegra.
—Se lo prometí hace tres años —respondió él—. Y sigo aquí.
Tres años.
Sofía retrocedió un paso sin hacer ruido. La casa, que durante tanto tiempo creyó su refugio, se había convertido de pronto en un lugar hostil. Volvió a su habitación, cerró la puerta con cuidado y se sentó en la cama, temblando.
No durmió.
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