Llevaba tres años casada y mi esposo dormía todas las noches en el cuarto de mi suegra. Una noche lo seguí a escondidas, y me enteré de una verdad que lamenté profundamente.

A la mañana siguiente, Ricardo actuó como siempre. Preparó café, besó su frente y le preguntó si había descansado bien.

—Sí —mintió Sofía, observándolo como si fuera un extraño—. ¿Y tú?

—Bien —respondió él, sin mirarla directamente.

Ese gesto no se le escapó.

Durante el desayuno, Elena apareció apoyándose en su bastón. Tenía el rostro pálido, pero sonreía con dulzura.

—Buenos días, hija —dijo—. ¿Dormiste tranquila?

Sofía la miró fijamente. Por primera vez, vio algo distinto en sus ojos: culpa.

—No mucho —contestó—. Escuché ruidos anoche.

Elena apretó los labios.

—Las casas viejas crujen —intervino Ricardo rápido—. No te preocupes.

Sofía no respondió. Algo se había roto, y ya no podía ignorarlo.

Ese mismo día, decidió hacer algo que nunca antes se había atrevido: revisó el cuarto de su suegra mientras ambos estaban fuera. No buscaba pruebas concretas, solo… respuestas.

El cuarto olía a lavanda y medicamentos. Todo estaba impecable. Demasiado. Hasta que abrió el cajón de la mesita de noche.

Allí encontró una carpeta médica.

El nombre de Ricardo estaba escrito en la portada.

Las manos le temblaron al abrirla.

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