Sofía se incorporó y lo miró con los ojos enrojecidos.
—Lo de tu enfermedad. La diálisis. Las noches en el cuarto de tu madre. Todo.
Ricardo cerró los ojos, como si llevara demasiado tiempo esperando ese momento.
—No quería cargarte con esto —susurró—. Te casaste conmigo para ser feliz, no para cuidar a un enfermo.
—Decidiste por mí —respondió ella con la voz quebrada—. Me quitaste el derecho de elegir.
—Tenía miedo —admitió—. Miedo de que te fueras. Miedo de perderte.
—¿Y no pensaste que te perdería igual, viviendo en esta mentira?
Ricardo no supo qué decir.
Elena apareció en la puerta, apoyada en su bastón.
—La culpa es mía —dijo—. Yo le pedí que no te dijera nada.
Sofía la miró, sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque ya perdí a un esposo —respondió la anciana—. No quería que él perdiera a la mujer que ama.
Sofía respiró hondo. El dolor seguía ahí, pero ya no era rabia ciega. Era tristeza.
—Tres años —dijo—. Tres años sintiéndome invisible, pensando que había algo oscuro entre ustedes.
—Nunca fue algo indebido —dijo Ricardo rápido—. Jamás.
—Lo sé ahora —respondió Sofía—. Pero el daño ya estaba hecho.
Pasaron semanas difíciles. Discusiones. Silencios largos. Lágrimas compartidas. Sofía se debatía entre irse o quedarse.
Hasta que una madrugada, escuchó un golpe seco.
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