—Yo fui egoísta —admitió—. Pensé que protegía a mi hijo, pero solo los separé.
El médico entró minutos después. Su expresión era seria, pero no desesperada.
—Llegaron a tiempo —dijo—. Pero necesito ser claro: su condición ha empeorado. El trasplante ya no puede esperar.
Sofía sintió un frío recorrerle la espalda.
—¿Trasplante? —repitió—. ¿De riñón?
—Sí. Y la lista de espera es larga.
Ricardo despertó horas después. Al ver a Sofía, intentó incorporarse, pero ella lo detuvo.
—No te muevas —dijo, con firmeza y ternura a la vez—. Esta vez no te vas a escapar.
Él sonrió débilmente.
—Perdóname… por todo.
—Eso lo hablaremos después —respondió ella—. Ahora prométeme una cosa.
—Lo que sea.
—No más secretos.
Ricardo asintió.
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